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Larisa Zehr
Los testimonios de los adultos mayores en el pueblo de Berruguita iluminan la trayectoria de la historia de la comunidad. La comunidad siempre ha sido aislada y rural, respondiendo mucho más lentamente a los acontecimientos políticos y económicos en el mundo más amplio. Precios de cultivos, corrupción en el gobierno, y el conflicto armado han tenido los impactos más grandes acá, pero la historia tiende ser un ciclo de lucha y cosecha, de pérdida y recuperación. La generación antigua ha vivido este ciclo muchas veces, tanto en los altibajos en la dependencia del clima y la cosecha, como en los incidentes de violencia que despojaron a la comunidad de su tierra y el proceso de retorno. El desplazamiento en Octubre de 2000, sin embargo, parece marcar un punto de cambio poderoso. Allí, los ritmos de la comunidad agrícola fueron completamente destruidos. Muchos adultos mayores fueron desplazados y sucumbieron a la tristeza y depresión; muchos murieron antes de que pudieran regresar a su tierra. Escuchamos en sus historias la pérdida y confusión dentro de la generación mayor mientras se esfuerzan para entender y continuar viviendo en esa realidad nueva.
Primer Testimonio: Maximiliano Molinares y Ana Tapia
Trabajamos por nuestra tierra. Mi papá vino y se asentó acá, trabajó la tierra en la montaña para poder sembrar. Nadie nos dio nada. Ahora bien, entendíamos que aún que limpiábamos ese espacio para los cultivos, la naturaleza alrededor nuestro tenía más poder que uno. Nadie se atrevía a pensar en cambiar la naturaleza. Tiene su propio ser y no podemos controlarla. En cambio, vivíamos y trabajábamos con la naturaleza que esta alrededor de nosotros.
Cuando comenzamos nuestra finca, la carretera era solo un camino para los burros. En esa época, sabíamos mejor que nadie la riqueza que había en esas montañas, porque veíamos 10 burros al día cargados de cultivos saliendo para el mercado. Eso fue más impresionante que la mucha gente que llevan en los camiones ahora.
Las cosas han cambiado tanto. Antes, trabajábamos con nuestros 8 o 10 hermanos en la finca. Era el deber de los niños ayudar a sus padres. La familia se defendía sola porque todos trabajaban. Hoy, no hay las mismas expectativas. Los hijos andan sueltos, no quieren trabajar en el campo, y no hacen caso a los papás. Ahora el gobierno ha venido para ayudarnos. Hay ayuda de todos lados, y la gente se ha vuelto floja. Pasan más tiempo buscando regalías que trabajando. Si trabajaran el mismo tiempo que se pasan buscando apoyo y llenando papelería, estarían mejor. Aún con la plata entrando de todos lados, somos pobres. Hay que entender que la única manera de defenderse es trabajar.
Segundo Testimonio: Dorka Rodriguez
¡Imagínese! Parecía como si tuviera una guardería. Tengo once hijos propios, y criaba a ellos y unos más—sobrinos, un nieto, y los hijos de mi esposo. Hasta hoy, me ven como su mamá. Cocinaba por años para ese poco de niños. Hacía ollonas de sopa todos los días, mazamorra, chocolate... En esos días había muchas mujeres del pueblo que querían salir para Caracas, Venezuela, para dejar el campo. Por supuesto yo también quería, pero ¿cuándo? Con los niños, ¿cuándo podía irme? Eran mi vida, mi responsabilidad. Las mujeres regresaban con sus uñas pintaditas, andando bonita en sus nuevas chancletas, para encontrarme sudada, cocinando mi olla de sopa, con un poco de hijos corriendo detrás de mí. Pero sabes, no tengo pena. Trabajaba por lo que tengo. Dios sabe, trabajaba duro.
Yo nunca salí. Cuando vino la guerra, veía salir todos mis hijos e hijas, uno tras uno, pero yo no salí. ¿Qué iba a hacer yo allá en la ciudad? El campo es mi hogar. Mis hijos regresaban por mi esposo y yo porque tenían mucho miedo que algo nos iba a pasar. Embarcaron todas nuestras cosas para convencernos a salir—camas, mesas y cajas de platos y ropa—y cuando el camión estaba lleno, esperaban que subiéramos; mi esposo miraba a su hamaca, machete y la ropa que llevaba, y dijo que tenía exactamente lo que necesitaba. No subimos, y no salimos. Ellos salieron con todas nuestras cosas.
Había un pedazo de tierra al lado de la carretera que se perdió en el monte durante la violencia. Era aterrorizante caminar al lado. Hay que entender que en estos días, no había nadie acá. Yo salía a veces a encender los fogones en las casas para que yo pudiera ver el humo—para que pareciera que hubiera alguien acá más que yo. De todos modos, decidí que se necesitaba limpiar y sembrar la tierra. ¿En el monte, qué hacíamos con la tierra que no trabajábamos? Entonces, todos los días me ponía mis botas y sombrero, cargaba mi machetico al pedazo de tierra. Luego, mis hijos empezaban a retornar para ayudarme limpiar el campo. Poquito a poco, regresaban para trabajar nuestra tierra.
Los camiones estaban saliendo vacíos esos días. No entiendo porque ha habido tanto cambio. Antes, las cosechas eran constantes y estables; ahora, hay espacios cuando la gente simplemente no está cultivando. Podría ser una falta de energía, o desánimo o una falta de tierra o plata—no sabemos que es exactamente. Cuando yo empecé con mi esposo, tenía 14 años y trabajaba a su lado. Nos estropeábamos trabajando. Pero sabes, no me duele que trabajara tanto; no tengo resentimiento. Doy gracias a Dios que nos ensenó tanto. Y todavía no tengo plata, aún hoy, con mis palos de coco y de fruta que me da una cosecha estable. Soy pobre—nunca he tenido plata, pero siempre he tenido por lo menos una comidita para la mesa—ensalada, ñame, arroz—siempre ha habido algo para comer. Somos pobres, pero ricos en lo que necesitamos.
Tercer Testimonio: Francisco Márquez
Vine en '56. Originalmente, esta región era tierra baldía, es decir tierra del gobierno que estaba abierta para cultivar. Cuando llegué, sin embargo, toda la tierra que había sido cogida por los viejos, quienes habían muerto y la habían pasado a sus hijos por herencia. No había tierra para colonizar, sólo para comprar. Compré cinco hectáreas por 750 pesos, cuando unos de los herederos tenían 200 hectáreas. No suena como mucha plata ahora, pero en esa época, fue que no había plata. Nos pagaban 50 centavos (medio peso) para un jornal. Con un centavo, podrías comprar una bolsita de café y azúcar, pero se tenía que trabajar para comprar tierra.
En ´51, la región empezó a ver la primera violencia. Era cuando la gente peleaba sobre los partidos políticos—los Liberales contra los Conservadores. Era el mismo tipo de violencia como en el 2000, porque era arbitrario. Las víctimas nunca hicieron nada, pero las mataron por cualquier cosa. Si su familia hacía parte del partido Liberal o Conservador, eran objetivos militares. En Macayepo, se organizó un grupo y mató tres personas. Uno de los líderes llamó para informar los asesinatos, y, en vez de decir que habían matado a tres personas, en su orgullo dijeron que habían 300 muertos. El gobierno se enteró y mandó un grupo de 800 soldados y policía para restablecer orden allí. Mientras tanto, todo el pueblo huyó al monte, entonces cuando llegaron los soldados, sólo encontraron cientos de gallinas y puercos en las calles que se habían quedado. No había nadie quien les diera comida, entonces se acercaban a los soldados en masa. Los soldados no tenía como alimentarlos tampoco, entonces tenía que matar a los puercos. Uno tras otro. Qué pérdida.
En 2000, cuando hubo la segunda violencia, uno de los jóvenes en mi pueblo se involucró en la guerrilla. Todos pagamos por él. Los paramilitares vinieron un día, sin aviso ninguno y gritaron que cualquier que no quería que lo quemaran debía de salir de su casa. Y prendieron todas las casas del pueblo. Muchos de los hombres ya estaban por el monte trabajando y volvieron para encontrar cenizas apenas. Yo tenía una casa de ocho metros, bien hecho de madera, con mesas y camas y mucho hierro en los detalles y se fue en humo. Pase 45 años construyendo mi casa, ahorrando e invirtiendo en ella, y en un momento, se fue. Yo me fui después.
Cuando retornamos, retornamos poquito a poco. Yo fui primero a Berruguita, porque había personas resistentes (que no salieron) allí. Empezamos a trabajar la tierra lentamente, recuperando un poquitico de lo que nos habían quitado. No era como Macayepo, cuando nadie retornó hasta que el mismo ejército les llevaba en helicópteros y con una presencia armada grandísima. El ejército nos pidió que subiéramos de Berruguita para darles la bienvenida en Macayepo, entonces fuimos. Trajimos comida y cocinamos, había música y baile. Pero de todos modos, sabíamos que no se había acabado. En el mismo grupo de soldados que se habían comprometió con su protección, había paracos—los mismos paramilitares que nos habían traicionado y que ahora andaban con el ejército. Sabemos que no es tan fácil.
Unos poemas de Fransisco, en video con la letra abajo:
Salí de mi casa bonita,
A buscar la comida
Con mi buen corazón
Cuando regresé la encontré prendida
Y se volvió ceniza y carbón.
Y eso yo lo he pensado
Y todo el mundo lo piensa
Que fuimos desplazados
Por la bendita violencia.
Como soy persona buena,
Yo no me fui muy lejos
Salí directo a la Arena
Y de allí pasé a Sincelejo.
Salí pa´ donde la hija mía
En una burrita coja
Salí pa´ la Cruz Roja
En busca de la comida.
Me encontré con un hombre malo
No me quiso atender
En seguida regresé
Triste y acongojado
Pasaba la hija mía en el momento
Dijo, “Señora, somos desplazados y no nos han querido atender.”
En seguida dice “Siéntese Señor un momento que ahora lo vamos a atender
Ella me trajo algo de comer
Y yo de allí salí alegre y contento.
Ahora le voy a decir de la críamía, es una cría que tengo yo. Dice:
Tengo mi pavita echada
Con huevos de morrocoy
Si no me saca ligero
Me vuelvo loco y la vendo
y cojo el camino y me voy.
Tengo mi pavita suelta
Por arriba de aquella loma
Ella me saco una paloma
Y también me parió una puerca
Mi pavita es bonita
Por eso la tengo harta
Ella me parió una marta
Oso perico y ardita
En la última sacada
Me ha sacado un pato real
Me saca de todo animal
Gato con ñeque montié
Y por eso fue que la eché
Con huevos de morrocoy
Y si no me saca ligero
Me vuelvo loco y la vendo
Y cojo el camino y me voy.